domingo, 2 de diciembre de 2018

Los relatos del Callejón #8 (3)

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Carmen Martínez Marín Se irá el invierno
Enrique Mochón Carta apócrifa de Sancho Panza a Teresa Panza
Isidro Moreno  Viajero empedernido
Héctor Núñez Evolución
Pablo Núñez Trece cartas
Héctor Daniel Olivera Campos   Greenwich Mean Time
Víctor A. Parra Avellaneda Desenterrados
Isabel Pedrero Madre
Plinio el Bizco Los espiritistas (I)
Susana Pons La cuentista
Patricia Richmond La fatiga del soplador de vidrio

1 comentario:

  1. Gracias a Carmelo Carrascal por su comentario a mi relato.

    “La fatiga del soplador de vidrio”. Relato de Patricia Richmond.
    “El Callejón de las Once Esquinas”, nº 8. Diciembre/2018

    Se trata de un relato corto, conciso, armónico e intenso. Como además habla de lo que hay por debajo de las apariencias, cumple la fórmula que José María Merino establece certeramente, en el arranque de esta revista digital, sobre la naturaleza del cuento.

    Son dos personajes, uno de ellos, el médico rural hace de narrador y el otro, Andrés, es quien acapara el título. Su fatiga se debe no sólo a la vejez y enfermedad, sino a la carga de haber tenido que vivir muchos años en soledad y la tristeza que experimenta al saber que, en cuanto él fallezca, el pueblo se quedará completamente vacío, sin el alma que él le presta heroicamente. Así que acaso se trate de una especie de fantasma que desconoce que lo sea.

    Todo discurre en el relato con tal naturalidad y facilidad discursiva, de manera tan verosímil, que se hace muy creíble. Al acercarse tanto a lo sentido como real al lector se le hace raro pensar que lo leído no sea una crónica de algo ocurrido de verdad. Es el encanto de la sencillez, que no superficialidad, y su poderío en las buenas narraciones. La brillantez de lo no pretencioso.

    El lugar elegido para que transcurra la historia marca su peculiar aroma, es fantasmal. De ahí la poderosa pregunta del arranque que engancha al lector. El argumento lleva a los dos personajes a establecer entre ellos un vínculo bien entreverado que hace más creíble el desenlace por parte de ambos. Tiene algunas frases deslumbrantes (“hasta que el olvido aprendiera sus nombres”; “incluso la muerte le había abandonado”...). El desenlace, asociado a una bien traída partida de ajedrez, es emotivo y espléndido. Tiene dos momentos imbricados: el emotivo humanamente y el acompañamiento de la naturaleza, pues el ladrido del perro es un verdadero quejido y la lluvia, lágrimas de dolor por la muerte del viejo herrero y soplador de vidrios, y sabio (“un pequeño dios”).

    Carmelo Carrascal

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