sábado, 16 de junio de 2018

Callejón de escritura


El Callejón de las Once Esquinas

Los callejones, con la excepción de los sin salida, son espacios públicos por los que apetece transitar. Callejuelas por las que circular con libertad, deambular con preferencia. Cada caminante a su modo y manera, a su ritmo y paso, avanza contracorriente, cuesta arriba pese a que el firme sea más o menos plano, a menudo con poca luz, rasgando las sombras. Con sus caras ocultas los callejones obligan a lidiar con lo imprevisto, acoger con la sorpresa enigmas y preguntas, virar el rumbo, encauzarlo, cambiar el paso, incluso el ritmo de la respiración y la mirada.

Se trata de rutas estrechas pero abiertas que, conducir, conducen a todas partes. De hecho, ninguna propuesta tan sugerente como la que plantea cada esquina. Y aquí son once. Si merodear por los callejones invita a cavilar y dudar, el encuentro con las esquinas obliga a optar, decidir, a elegir preferiblemente lo imposible pero imaginable. Así que si los callejones tienen su encanto, lo que de verdad arrebata de ellos son sus esquinas por las que perderse. No merece la pena internarse en la red de vericuetos habitados por duendes, pasadizos peligrosos, salpicados de silencio visual,  si llegado el caso no se sabe qué hacer, cómo reaccionar en cada encrucijada que hace esquina.

Nada de trece esquinas, con el fin de que circulen por allí sin aprensión hasta los supersticiosos. Doce es un número convencional la docena a descartar por tanto. Diez es redondo, pero demasiado previsible y solemne. Once no suscita ningún reparo, queda bien, así que: «Callejón de las Once Esquinas». Donde once equivale a todas las esquinas imaginables de una realidad multiesquinada y poliédrica. Misteriosa.

Recorrer callejones es como escribir. Un perderse que propicie descubrir la desnudez de lo más insospechado. Quienes escriben desean hacerlo, lo necesitan, les duele y les gusta. Se mueven por entre callejones de palabras perdidas, rebosantes de aromas, sonoridades y huellas imprecisas que adensan el aire a la espera de ser capturadas. Quienes escriben se encargan de atraparlas, y así las palabras que ellos rescatan dejan  de estar perdidas. Acaban siendo trasladas a una suerte de callejones simbólicos, estos luminosos, mágicos, que llamamos líneas y párrafos. Luego cada lector ya se encargará de dibujar donde elija sus propias rumorosas y resonantes esquinas de significados.

Carmelo Carrascal

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