lunes, 18 de junio de 2018

Los relatos del Callejón #6 (1)

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Cristina Aguas Los rusos no se enteran
Sergio Allepuz Lidia
Yeimi Almanza Compañero
Gleiber Alvarez En el fondo
Enrique Angulo Vidas paralelas
Gloria Arcos La sorpresa
Luis A. Beauxis Cónsul   Azul ceniza
Mar Blanco Azahara
Manuel Bocanegra Perra vida
Antonio Bolant El fotógrafo de la niebla
María Jesús Briones Paraíso nuestro

Los relatos del Callejón #6 (2)

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Chuan Carlos Bueno 49cc.
Ricardo A. Bugarín Juegos de salón
Cherardo Callejón Soniadera en Conchiellos
Carmelo Carrascal Eva 2018
Armando Cervantes A través del espejo
Jean Durand Un verano en el campo
Esparvero La imprudencia del astrónomo
Ignacio Fajardo La misión
Ignacio Fajardo Il cavaliere
María Jesús Fernández Ser de Aire
Iñaki Ferreras ¡Vive... o muere!

Los relatos del Callejón #6 (3)

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Raúl Garcés Remedios
José A. García Nata
Damaris Gassón Tan solo el karma
Luis J. Goróstegui El tesoro Flêmant
Luisa Horno Aburrimiento
Juana María Igarreta Un beso de gratitud
Eduardo Martín Zurita Nuestra galaxia
Carmen Martínez Marín Elixir para la vida
Manuel Menéndez El extraño caso del visitante nocturno y la harina 
Michel M. Merino La bestia interior

Los relatos del Callejón #6 (4)

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Enrique Mochón El incendio
Isidro Moreno El peso de la conciencia
Gloria Esperanza Navarro  Con sabor a croqueta
Héctor Núñez El deshollinador
Pablo Núñez La reina del mercado
Héctor Daniel Olivera Campos   El club de los 27
Ana María Palacios Añoranza
Benjamín Recacha La mujer de la montaña
Patricia Richmond La palabra del cronista
Plácido Romero Mar en calma
Luz Elena Royo García Tiene que ser amor

Los relatos del Callejón #6 (5)

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Ángel Saiz Mora Ensayo general
Carlos Enrique Saldívar Encuentro nocturno
María José Sánchez Guau
Lluis Talavera "Hoculta"
Esperanza Tirado Un café con alma
Ignacio Urtiaga Los peces del rey
Edward Alejandro Vargas Despertar
Manuela Vicente Pintor de haciendas
Raúl Ariel Victoriano Escarcha
Silvia Zuleta Haría un último esfuerzo

domingo, 17 de junio de 2018

sábado, 16 de junio de 2018

Callejón de escritura


El Callejón de las Once Esquinas

Los callejones, con la excepción de los sin salida, son espacios públicos por los que apetece transitar. Callejuelas por las que circular con libertad, deambular con preferencia. Cada caminante a su modo y manera, a su ritmo y paso, avanza contracorriente, cuesta arriba pese a que el firme sea más o menos plano, a menudo con poca luz, rasgando las sombras. Con sus caras ocultas los callejones obligan a lidiar con lo imprevisto, acoger con la sorpresa enigmas y preguntas, virar el rumbo, encauzarlo, cambiar el paso, incluso el ritmo de la respiración y la mirada.

Se trata de rutas estrechas pero abiertas que, conducir, conducen a todas partes. De hecho, ninguna propuesta tan sugerente como la que plantea cada esquina. Y aquí son once. Si merodear por los callejones invita a cavilar y dudar, el encuentro con las esquinas obliga a optar, decidir, a elegir preferiblemente lo imposible pero imaginable. Así que si los callejones tienen su encanto, lo que de verdad arrebata de ellos son sus esquinas por las que perderse. No merece la pena internarse en la red de vericuetos habitados por duendes, pasadizos peligrosos, salpicados de silencio visual,  si llegado el caso no se sabe qué hacer, cómo reaccionar en cada encrucijada que hace esquina.

Nada de trece esquinas, con el fin de que circulen por allí sin aprensión hasta los supersticiosos. Doce es un número convencional la docena a descartar por tanto. Diez es redondo, pero demasiado previsible y solemne. Once no suscita ningún reparo, queda bien, así que: «Callejón de las Once Esquinas». Donde once equivale a todas las esquinas imaginables de una realidad multiesquinada y poliédrica. Misteriosa.

Recorrer callejones es como escribir. Un perderse que propicie descubrir la desnudez de lo más insospechado. Quienes escriben desean hacerlo, lo necesitan, les duele y les gusta. Se mueven por entre callejones de palabras perdidas, rebosantes de aromas, sonoridades y huellas imprecisas que adensan el aire a la espera de ser capturadas. Quienes escriben se encargan de atraparlas, y así las palabras que ellos rescatan dejan  de estar perdidas. Acaban siendo trasladas a una suerte de callejones simbólicos, estos luminosos, mágicos, que llamamos líneas y párrafos. Luego cada lector ya se encargará de dibujar donde elija sus propias rumorosas y resonantes esquinas de significados.

Carmelo Carrascal